MÁS TIEMPO PARA NUESTROS HIJOS No basta estar cerca, es necesario estar juntos

Las circunstancias de la vida cotidiana, el trabajo y las ocupaciones obligan a menudo a padres e hijos a vivir separados. Si lo pensamos un momento, llegaremos a la conclusión de que en el curso de una jornada son muchas –demasiadas– las horas en las cuales los padres (ambos o uno de ellos) y los hijos no se ven. Esto influye negativamente en el mantenimiento de una estrecha relación, por el hecho de que la cercanía psicológica y afectiva es esencial en el ámbito familiar y está en la base de desarrollo moral de los pequeños.

Pero el problema no es sólo la limitada disponibilidad de tiempo libre, sino el uso que se hace del mismo. No es infrecuente que cuando padres e hijos pueden estar juntos no aprovechen adecuadamente la oportunidad de hacerse –por así decirlo– recíproca compañía, de estar realmente juntos, de comunicar, de ocuparse de cosas de interés común, de intercambiar atenciones y cuidados.

En el tiempo libre se realizan más actividades de las convenientes, o sea que padres e hijos muchas veces continúan viviendo “vidas separadas” aún en el caso en que se encuentran físicamente cerca. Dan la impresión de estar juntos, pero están solamente cerca, uno ocupados en una cosa y otros en otra, según sus intereses. Las excusas –llamémoslas así– se reducen a invocar el hecho de que cuando el padre se encuentra en casa debe ocuparse de cosas serias, como por ejemplo leer el diario o enterarse de las últimas noticias económicas y políticas. A la par los niños también pueden leer o mirar su programa de televisivo favorito para no interferir las actividades paternas. En conclusión, aun cuando padres e hijos podrían estar juntos, hay una limitada integración de auténtica comunidad entre ambas partes.

Los intereses y las ocupaciones que alguna vez pueden ser fatalmente divergentes, deberían volverse convergentes. Tomemos, por ejemplo, el área de los espectáculos. El padre puede preferir ciertos programas de televisión que tal vez aburren a sus hijos o no se adaptan a la edad de éstos. Con un pequeño esfuerzo siempre se pueden encontrar espectáculos que todos los miembros de la familia pueden mirar con satisfacción. A decir verdad, los padres, si tienen verdadero interés en la buena educación de sus hijos, deberían, aun en este aspecto, tratar de no alejarlos. A menudo los chicos miran espectáculos televisivos que no entienden bien (inclusive dibujos animados) o que los dejan perplejos, y reciben impresiones negativas. Por lo tanto, los padres deberían vigilar cada uno de los programas que los pequeños miran, para poder hablar con ellos sobre los mismos y para encontrar puntos válidos de conversación que puedan servirles como argumentos de interés general acerca de temas importantes de la realidad de la vida.

Los padres deberían también dirigir o coordinar los espectáculos que los niños observan. Eligiendo cuidadosamente los programas que permiten ver a sus hijos –y que ellos mismos observan– los niños se habitúan desde temprano a dirigir sus intereses y a encontrar argumentos comunes para discutir o resolver con sus padres.

El secreto se encuentra mayormente en saber hacer la elección y luego conversar y discutir todos juntos acerca de la forma más oportuna de interpretar lo que se ha visto y aplicarlo a la vida diaria. Los niños deberían ser animados a hacer preguntas, y a lograr una comprensión profunda y coherente de todo lo positivo que estos programas pueden ofrecer.

De lo contrario el niño se acostumbra a ser solamente un telespectador o un observador, pero no un pensador.

Inclusive algunos programas o películas documentales, que pueden resultar aburridos para un niño pequeño, si los padres les proporcionan el incentivo oportuno, podrían ser aprovechados intelectualmente por lo pequeños de acuerdo con su edad. Un niño podrá no comprender la trama o tal vez el motivo científico de un documental, pero si puede gozar de las imágenes y de los pequeños acontecimientos dentro del lógico argumento. Mucho del aprendizaje en este sentido dependerá de la correcta comunicación que haya entre padres e hijos frente a acontecimientos sociales, culturales o familiares que se realicen en conjunto.

El proceso enseñanza-aprendizaje del hogar es una tarea de toda la vida. Los padres deberían ser conscientes de que en todo momento del día están educando, inclusive durante la hora de esparcimiento o el tiempo libre. Y quizá sea en estos momentos cuando los niños aprenden más, ya que reina un clima informal, de amistad y comunicación de la familia. Nada importante debería pasar por la vista, el oído y la mente del niño sin llevar la debida explicación de sus padres.

Los padres deberían ocupar tiempo a sus hijos en cada oportunidad que les fuera posible, inclusive en los momentos que pueden parecer de poco provecho para la comunicación. Por ejemplo, cuando se está viajando en automóvil se pueden enseñar y aprender muchas cosas importantes sobre las leyes de tránsito, las normas de conducta, la cortesía, el respeto al medio ecológico, y la relación de todo esto con el carácter de una persona. Cada situación de la vida deja una lección. Una lección positiva o una negativa, pero siempre una lección. La sabiduría de los padres debería ir hasta el punto de ayudar continuamente a sus hijos a aprovechar esas lecciones positivas y aprender de las negativas la actitud correcta.

Otra oportunidad muy útil para enseñar lecciones a los niños es la mesa familiar. ¿Qué es lo que usted conversa con sus hijos en esa oportunidad? ¿Habla de sus propios problemas y cuenta sus inconvenientes? ¿O trata de resolver los problemas que han tenido sus hijos durante la mañana de ese día? Como padre o madre debe interesarse en los hechos –grandes y pequeños– de sus niños y adolescentes y aprovechar cada momento oportuno para intercambiar ideas, opiniones y consejos con ellos.

Para una madre una oportunidad áurea para enseñar lecciones y compartir el tiempo con sus hijas es durante la realización de los trabajos hogareños. Los niños se sienten felices de poder ayudar a sus padres en cualquier tarea, siempre que sientan que sus padres están con ellos en ese momento. Y serán justamente esas tareas las que les proporcionarán momentos de grato esparcimiento y comunicación con sus hijos. Aproveche para enseñarles a ser prolijos, ordenados, responsables, y a ver en cada cosa el aspecto creativo, positivo en inclusive humorístico. Esta comunicación no solamente le ayudará a resolver los problemas de sus hijos, sino también que le ayudará a aumentar su operatividad en todo tipo de trabajo doméstico, que generalmente suele dar la idea de ser aburrido, incoloro e, inclusive, molesto.

Muchas veces, en el trajín del diario quehacer, llegará a pensar que sus hijos “molestan”, que “entorpecen su trabajo” o que lo hacen más lentamente de lo que usted mismo lo haría. Quisiera decirle que está perdiendo las mejores oportunidades para comunicarse con sus hijos. Estas pequeñas situaciones, esos pequeños momentos “sueltos” son los que le darán más sabor a la comunicación paterno-filial. Todo depende de cómo los use, de cómo los aproveche, y de cuales sean los objetivos que usted tiene en este aspecto.

Toda ocasión es buena para contar historias, para juzgar episodios, para narrar anécdotas, para descubrir lo bello, lo positivo y para neutralizar lo negativo que puedan ofrecer las diferentes situaciones de la vida

De hoy en más no podrá quejarse de que “no tiene tiempo para estar con sus hijos”. Ese tiempo está en sus manos. Usted dispone de él. Tal vez no todo el tiempo junto, pero sí de muchos pequeños momentos que producirán la perfecta comunicación entre padres e hijos. Utilice cada uno de esos momentos como una obligación paterna para enseñar a sus hijos, para resolver sus problemas y para ayudarlos a crecer.

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Después, algún día. O, ¿cuál es la diferencia entre el mundo y nosotros?.

Nota publicada en la revista “dat0s”, Junio de 2007

Nosotros nos afanamos en resolver enormes problemas políticos e históricos de gran importancia para la humanidad, después veremos qué pasa para empezar a vivir.

El resto del mundo no espera nada, vive ahora, no deja pasar un solo día.

Parece que empezaremos a ordenar nuestras casas y nuestras calles sucias y deterioradas, recién después de lograr el consenso sobre si todas las regiones del país deben o no utilizar la misma bandera, los mismos símbolos patrios y el mismo idioma.

Las escuelas públicas de todo el país están bajo la conducción de maestros mal pagados, sus aulas son tristes y el material con el que trabajan hace tiempo pasó a la historia. Nuestros alumnos podrán acceder a la modernidad cibernética y a educación excelente, sólo después de que el país resuelva su tema marítimo.

Arreglaremos el casco viejo de La Paz y pondremos fin a los mercados de contrabando, recién cuando las grandes potencias dejen de pelear en diferentes puntos del planeta.

Mientras dure éste conflicto de poderes y Legislativo y Ejecutivo, no definen claramente el rol de las instituciones, seguiremos soportando el olor de orín en las calles.

Cuando la maldita propiedad privada se convierta en la bendita propiedad estatal, todos caminaremos sobre largas alfombras rojas, seremos ricos y famosos. Mientras tanto, dejaremos que nuestros espacios culturales del patrimonio nacional sean utilizados por gremialistas para vender bebidas alcohólicas y bolsitas de cocaína para os alumnos de los colegios aledaños.

Cuando los ayer dirigentes sindicales, hoy quasi políticos se llenen sus bolsillos con suficiente dinero para asegurar el futuro de sus hijos, aprendan a hablar idiomas para dialogar con sus pares de la comunidad internacional; entonces buscaremos la forma de reconciliarnos con el resto del mundo, Mientras eso ocurra, mantendremos relaciones sólo con Cuba y Venezuela y seguiremos con los ritos de brujería en las oficinas de la Cancillería “para que nos vaya mejor”.

Tendremos caminos, viaductos, moderna infraestructura y servicios comunes, recién después de que la Asamblea Constituyente defina si el invierno debe o no llegar este año.

Mientras dure éste período de transición y la situación política sea compleja, seguiremos botando basura en los drenajes de agua.

Seremos todos felices, cultos, civilizados y ricos después de que se han gastado todas nuestras reservas de oro. Empezaremos con inversiones y la industrialización de país, después de que todos los países del mundo ya hayan resuelto sus problemas energéticos.

Tendremos gran des nombres en la cinematografía, el arte y la música, después de que las actuales autoridades aprendan a utilizar la computadora y el Internet. Entonces podremos acceder al conocimiento en la red y nos contactaremos con el resto de la civilización.

Después de que se defina si es o no importante tener o no tener un Dios en la patria, sabremos cuáles son los principios de ética y moral necesarios para ser fundamento de una sociedad civilizada. Mientras tanto, miraremos en las hojas de coca para ver que nos el futuro.

Conoceremos y respetaremos los códigos democráticos que rigen en el mundo, después… Conoceremos palabras como: derechos de libre expresión, responsabilidad social, economía global, después…

Después de que los teóricos del gobierno lleven nuestro país al borde de una catástrofe nos daremos tiempo para lamentar y revisar nuestras decisiones. Mientras tanto, nos callaremos y dejaremos que nuestros jóvenes vivan en un mundo de mentiras y confusiones y nos serviremos el plato de comida que cocinamos con tan poca creatividad.

Después empezaremos a pensar, después viviremos, después disfrutaremos. Después será algún día. Y será un día feliz.

Por: Zana Petkovic

El hogar, escuela por excelencia

En esta sociedad de consumo, ciencia y tecnología en que vivimos, parecería un tanto extraño volver a pensar en la función educadora que antes se le asignaba al hogar. En realidad este enfoque nunca debiera haberse olvidado. La comprensión de semejante descuido y la necesidad de retomar aquella misión olvidada, están dando lugar a determinadas concepciones locales para la reconsideración del papel y la importancia de la función educadora del hogar.

Si fijamos nuestra atención en los hogares modernos, observamos con asombro cómo van perdiendo día a día las cualidades que hasta hace poco  les eran intrínsecas. Cada vez son más los hogares que pierden el calor de la compañía fundada en el hermoso cimiento del amor, el respeto y la consideración entre sus integrantes, para transformarse en algo que podría parecerse más a un hotel.

Es posible observar en las familias de nuestros días la acción de una fuerza centrífuga que está trasladando a la sociedad, cada vez con mayor intensidad, las responsabilidades específicas que son patrimonio exclusivo de los padres. ¿Cuáles son los efectos de éste proceso? No es necesario describirlos detalladamente. Basta con recorrer las calles de las ciudades para encontrarlos a cada paso.

Pero volvamos a la idea originadora de esta columna para preguntarnos: ¿Puede ser el hogar una escuela para los niños, adolecentes y jóvenes que forman parte de él? La respuesta debería ser una rotunda afirmación, porque es en su seno donde comienza la primera y más importante etapa de la educación de los hijos, la que comprende los primeros años de vida y determina, en gran medida, lo que cada uno llegará a ser en el futuro. Más tarde su tarea formadora será acompañada por la acción de las instituciones educativas, que proporcionarán a los niños, adolescentes y jóvenes la información necesaria para llegar a desempeñarse en alguna actividad requerida por la sociedad.

En búsqueda del fin de la educación del hogar

Así destacada y resaltada la importancia ineludible que tiene el hogar como agente educador de las nuevas generaciones, surge la necesidad de preguntarse: ¿Cuál debiera ser el fin de la educación a brindarse en esta primera esxuela?

Podemos encontrar la respuesta a este interrogante en la siguiente afirmación de Elena de White: “El mundo no necesita tanto hombres de gran intelecto como de carácter noble… La edificación del carácter es la obra más importante que jamás haya sido confiada a los seres humanos y nunca antes ha sido su estudio diligente tan importante como ahora“. En otras palabras, desde el nacimiento y durante todo el tiempo que los hijos permanezcan en el hogar, los padres han de esforzarse por orientarlos para que ellos puedan reunir aquellas cualidades psíquicas de más alto valor, que les conferirán un carácter equilibrado en todo sentido.

La acción educadora de los padres debiera estar dirigida a detecar y orientar las manifestaciones que demuestren la presencia de rasgos negativos en el carácter de sus hijos. Frecuentemente los niños pugnan por imponer su voluntad para alcanzar lo que no los beneficia. Muchos no pueden dominar su genio demasiado apasionado; otros se oponen a respetar las leyes que ordenan sus funciones vitales con el fin de satisfacer deseos pasajeros.

Un buen carácter es un capital de más valor que el oro y la plata… La integridad, la firmeza y la perseverancia son cualidades que todos deben procurar cultivar fervorosamente, porque inviten a su poseedor con un poder irresistible, un poder que lo hará fuerte para hacer el bien, fuerte para resistir el mal y para soportar las adversidades“. (White)

Por lo general, no todos los padres le asignan al desarrollo del carácter la misma importancia. Sin embargo, hay que destacar que para poder captar mejor la importancia de este fin de la educación impartida en el hogar, hay que comprender, en toda su dimensión, la realidad de que el hombre es un ser cuyo accionar esta siempre dirigido hacia algo o alguien que es diferente a si mismo, “hacia un sentido que cumplir u otro ser humano que encontrar, una causa a la cual servir o una persona a la cual amar. Tan sólo en la medida en que alguien vive esta autotrasendencia de la existencia humana, es auténticamente él mismo. Y deviene así, no preocupándose por la realización de sí mismo, sino olvidándose de sí mismo, concentrándose en algo o alguien situado fuera de sí mismo“. (Viktor Frankl)

En búsqueda de una pedagogía de la educación del hogar

Los padres muchas veces se preguntan qué pueden hacer para que sus hijos, que son los niños o los adolecentes de hoy, lleguen a conformar un carácter noble en medio de una sociedad que bombardea sus hogares con dificultades económicas, relaciones interpersonales conflictivas, mensajes culturales reñidos con los modos de vida de la familia, etc.

La primera sugerencia es fomentar la participación. Desde muy pequeños los chicos expresan su deseo de poder realizar los quehaceres hogareños de sus padres. Este interés hasta los lleva a pedir con insistencia que se les permita hacer cosas que muchas veces no están al alcance de sus posibilidades físicas e intelectuales.

Si los padres canalizan correctamente esta inclinación natural, permitiéndose realizar tareas adecuadas a sus condiciones, estarán fomentando el desarrollo del sentido de responsabilidad y a la vez estimulándolos a que se sientan parte activa en la vida familiar.

Los padres son un modelo que sus hijos imitan con gran facilidad. Ahí está el secreto de la escuela del hogar.

Otra propuesta es favorecer la cooperación en el hogar. Cooperar significa repartir tareas para hacerlas entre todos, unos con otros, compartiendo la responsabilidad por hacerlas lo mejor posible. Muchas veces los padres desestiman la capacidad de sus hijos para ayudarles a efectuar las tareas hogareñas, sea arreglando sus camas, barriendo el piso, cortando el césped o haciendo cualquier otro trabajo.

En la educación que reciben los jóvenes en el hogar, el principio de la cooperación es valiosísimo… Hasta a los pequeñuelos debería eneseñárseles a compartir el trabajo diario y hacerles sentir que su ayuda es necesaria y apreciada. Los mayores deberían ser los ayudantes de sus padres, y participar en sus planes, responsabilidades y preocupaciones. Dediquen tiempo lo padres a la enseñanaza de sus hijos, háganles ver que aprecian su ayuda, desean su confianza y se gozan en su compañía, y los niños no serán tardos en responder“. (White)

En tercer lugar cabe mencionar el valor de la educación por el ejemplo. Los padres son un modelo que sus hijos imitan con gran facilidad. Este hecho resalta la importancia de manifestar una constante autenticidad en todolo que hagan, una coherencia absoluta entre sus palabras y sus actos, un permanente autodominio de sus rasgos  negativos de carácter. 

Con frecuencia los padres no se esmeran en pulir cualidades negativas de sus propios caracteres, las que seguramente serán aprendidas por sus hijos, produciendo efectos opuestos a los esperados por ellos.

Otro aspecto que ejerce una ifluencia decidida en el desarrollo del carácter es la responsabilidad que tienen los padres de ser continentes del comportamiento de sus hijos. Para llegar a ser efectivos contenedores de todo lo que ellos quieran y puedan realizar, tienen que fijar un espacio claramente delimitado por derechos y obligaciones -el derecho a la libertad de elegir, y la obligación de asumir las consecuencias de lo realizado roda vez que ellos traspasen los límites establecidos.

En cada hogar debieran haber “reglas de juego” basadas en el amor, claramente establecidas y totalmente compartidas, que fijen los límites dentro de los cuales los hijos pueden desenvolverse con entera libertad. No está demás enfatizar la importancia de este principio, ya que muchas veces los padres no son conscientes de la necesidad de poner límites. Otras veces éstos son establecidos con claridad, pero luego no se los respeta.

Con frecuencia se observan fracasos en este aspecto de la misión educadora del hogar porque implica pagar una cuota de sacrificio. Hay padres que no pueden soportar la tensión interior que les produce aplicar alguna sanción por las reglas que no fueron cumplidas. Otros llegan al extremo opuesto de adoptar constantemente actitudes condecendientes, en defensa permanente de sus hijos, sin darse cuenta de que están dañando el carácter de ellos para toda la vida.

En búsqueda de los educadores de la escuela del hogar

En esta escuela también hay docentes: los padres. La importancia de su misión educativa se desprende de lo mencionado anteriormente. Pero hay algo que todo padre y madre deben tener siempre presente: el carácter irremplazable de su tarea educativa. Ni la tecnología, ni los amigos, ni otros  familiares, ni la escuela pueden sustituirlos.

Cada unos de los padres tiene que asumir con plena responsabilidad el compromiso contraído frente a Dios y la sociedad de velar incansablemente por la educación de sus hijos, pensando que ellos serán los padres del mañana, los que mantendrán en alto la antorcha de la educación de las generaciones futuras en el seno del hogar.

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